Una herida profunda.
Por azares del destino (¿no es esta frase una contradicción?) terminamos la fiesta esa noche en una plaza del centro de Santiago. Gente transitando por todas partes a pesar de la hora, niños encendiendo cigarros, perros buscando un espacio entre las personas.
Bebíamos un amable ron a la intemperie, en la ilegalidad, cuando un vagabundo llegó ante nosotros. Le preguntamos cosas. Lo hicimos reír un rato. Nos decía que estaba buscando un lugar para ir a dormir. Que habitualmente dormía exactamente en el mismo lugar que ocupábamos nosotros ahora.
–Mira, mi foto. Esta foto me la tomaron los de Cristo Ayuda...
Nos mostró una foto en la que salía él posando para la cámara. Se veía feliz, vistiendo una polera verde limón. Él mismo miraba la foto con una cierta melancolía, como queriendo volver a estar ahí.
–¿Hace cuánto que vives en la calle?
–Desde los nueve años –nos respondió. Sobreviviendo por cualquier parte desde los nueve años. –¿Dónde irás esta noche?
–No sé... –Nunca sabía.
Al rato le dijimos algo y tuvo un enorme cambio en su actitud, molestándose en gran manera. Nos dijo: “a mí no me manda nadie” y se fue. Le dijimos vuelve, pero nos levantaba el brazo en señal de desprecio.
Seguimos ahí conversando de los avatares de la vida cuando llegó una vagabunda a unírsenos. Venía con un buzo del Real Madrid y hartas historias para contarnos. Comenzó por explicarnos en detalle de donde venía, al tiempo que no pudimos entender hacia dónde iba. Probablemente a dormir por ahí.
–Mi marido me pega.
–¿Y por qué estás en la calle si tienes marido?
–A él no le importa.
–Dile que te ayude.
–¡Nah! Qué le voy a decir.
Seguimos hablando, riéndonos. Ella era astuta. Tenía que serlo para sobrevivir. Le contamos que hace un rato atrás habíamos hablado con el Osvaldo. Nos dijo que él era raro... Quizás que quiso decir.
Entre risas y preguntas y respuestas, puso una mueca de dolor al mover la pierna. Lo noté pero no dije nada. Pasaron algunos minutos y ella misma nos hizo el comentario: mira mi herida, y se levantó el pantalón mostrándonos un corte en la canilla. Lo bajó rápidamente, como si supiera lo impactante que resultaba ver ese espectáculo.
Era una herida producida por un objeto cortante, de unos tres centímetros de ancho por ocho de largo, bastante profunda. Era de un espantoso color negro, con una materia blanca que brillaba mientras brotaba desde la carne desgarrada. El músculo roto se arrugaba sobre el corte, mostrándose como un conjunto de piel rota y abierta. No tenía sangre, pero los bordes tenían el mismo color negro del interior. La carne se invaginaba hacia el interior, dando la impresión de que uno podría meter los dedos hasta tocar el hueso mismo.
Boquiabiertos exclamamos: “ooohh...” y miramos durante el breve lapso en que nos mostró su herida. Muéstrame de nuevo la herida, le dijo Carlos. Lo hizo y ahí la miramos con detalle.
–Por favor, anda al hospital para que te pongan puntos...
–Nah, qué voy a ir...
–Oye pero hazlo por ti; te duele a ti, no a mí...
–Nah, si se me va a pasar...
–Se te puede infectar y te pueden amputar la pierna... después vas a andar cojeando...
–Nah, ¿vamos ahora?
Por un instante pensé que la habíamos convencido de que se cuidara. Pero después siguió como si nada. Tratando de obviar el hecho de que había despertado nuestra preocupación.
–¿Cómo te hiciste esa herida?
–Mi marido me pegó...
–¿Y tú qué hiciste?
–Defendiéndome le reventé un vaso en la cabeza, lo dejé tirado y me fui.
Como un símbolo.
Todo el rato que estuvimos ahí me pregunté qué significa vivir en la calle. Estando con estas personas, conversando con nosotros en un lenguaje tan urbano, el idioma de la calle.
Y la herida me pareció un símbolo. ¿Qué significa vivir en la calle? La respuesta está en esa carne abierta, en esa piel desgarrada. Una marca que infunde conocimiento a quien la ve; el conocimiento de lo que significa vivir en la calle.
Mientras me bajaba el dulce ron por la garganta, sentí lástima. Y ¿qué es la lástima, después de todo? Acaso una emoción que te motiva a decir cosas como “por favor anda al hospital”. Por fin, me di cuenta que no le servía mi lástima tanto como nuestra compañía. Ni siquiera fumaba cigarros, pero nos fue a conseguir uno.
Después que nos tomamos la botella llegó la policía. No sé por qué no me sentí asustado de que nos llevaran detenidos o algo así. Sólo tenía en mente decirle al oficial que esta mujer tenía una herida muy grave en la pierna.
Echaron a la otra gente que transitaba por ahí a esa hora y cuando llegaron hacia nosotros, ni siquiera nos hablaron, simplemente nos sonreímos mutuamente (sí, les sonreímos y nos sonrieron de vuelta) y nos fuimos caminando como si nada. Le dije al cabo: “ella tiene una herida muy grave en la pierna”... Y caminamos.
Nos despedimos. Chao, chao.
Acaso la volveré a ver por ahí alguna vez, porque mi universidad queda cerca.
Era una herida brutal. Era la respuesta a lo que significa vivir en la calle.








